Fabián Jaksic, nuevo comisionado de la CNA

Hablamos con el director del CAPES sobre los desafíos que la Comisión Nacional de Acreditación (CNA) tiene por delante en esta nueva etapa y sus propias expectativas como comisionado del organismo durante los próximos 6 años.

A un año de haberse promulgado la nueva Ley 21.091 de Educación Superior, que fijó las normas y estatutos de los servicios encargados de asegurar la calidad de la enseñanza técnica y profesional en Chile, el pasado 9 de mayo uno de esos servicios presentó a sus diez nuevos miembros para el período 2019-2025: la Comisión Nacional de Acreditación (CNA).

Entre los comisionados que se estrenan se encuentra Fabián Jaksic, director del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES UC), quien fue la carta elegida por Conicyt para integrar el plantel. Junto al resto de los seleccionados, Jaksic tendrá por misión decidir sobre los procesos de acreditación de las instituciones de educación superior de todo el país y sus planes de estudio de pre y postgrado.

Para el Premio Nacional de Ciencias Naturales 2018, el primer gran desafío de la Comisión en esta nueva etapa es la re-evaluación de todos aquellos programas acreditados bajo el sistema antiguo (o mediante agencias privadas) a medida que sus períodos de acreditación caducan. A ello, se suma la incorporación de Centros de Formación Técnica (CFT) e Institutos Profesionales (IP) como instituciones susceptibles de ser evaluadas. “Supone, al final del día, la revisión de más de mil procesos de evaluación”, explica. Procesos que a partir de este año sólo la CNA podrá llevar a cabo.

Jaksic integra un equipo de 12 comisionados, quienes se encargarán de tomar la decisión final sobre todos los procesos de acreditación en curso o futuros que reciba el organismo, además de determinar el rango de años (los tramos) que tanto programas como instituciones durarán acreditadas. En esta tarea, la Comisión será asistida por distintos comités de área, destinados a comparar el desempeño de carreras, postgrados e instituciones en el contexto nacional y regional, y de los pares evaluadores que analizarán cada postulación, recabarán antecedentes, y reportarán pertinentemente a la Comisión.

Sin embargo, para Jaksic, el rol de la CNA no se reduce a ser un mero filtro de calidad para el sistema de educación superior chileno. La aplicación de estándares, afirma, también incluye la proposición de medidas e incentivos que ayuden a mejorar el desempeño de las instituciones: “al decirle a una institución que la vamos a acreditar sólo por dos años, no sólo le estamos diciendo, primero, que no merece los cuatro, sino también que, si en esos dos años vemos que ha mejorado, cuando se presente de nuevo podremos darle cuatro, u ocho años. Estamos apostando a que lo van a hacer bien y que no necesitamos volver a mirarlos tan pronto. La acreditación también es una forma de incentivo” comenta.

Otro de los criterios que el ecólogo de comunidades espera instaurar durante los seis años que dura su cargo, es el de la gradualidad en la asignación de las acreditaciones. “No se puede aplicar la misma vara, por ejemplo, a todas las regiones. Cada institución y cada programa académico pasa por distintos grados de desarrollo y no todas las cosas empiezan perfectas. Hay que permitir que se perfeccionen y desarrollen para que logren mantener una calidad compatible. Nadie nace sabiendo ni vive ganando”.

Acreditar la ciencia

La facultad propositiva de la CNA también implica, en opinión de Jaksic, fomentar a través de las evaluaciones el desarrollo de una educación e investigación de vanguardia, que esté al día con los desafíos científicos, tecnológicos y sociales que depara el futuro: “mi intención es favorecer que la gente audaz y de buenas ideas tenga los elementos para desarrollar esas ideas. Nos interesa saber (y esto es algo difícil de medir) es si a los estudiantes se les entrega una herramienta lo suficientemente dúctil como para que se vayan adaptando a nuevas realidades”.

“Si un programa de doctorado nos presenta un equipo de grandes académicos, galardonados, pero que no publican nada, para nosotros eso no sirve. Pues al no estar activos, ni contribuyen a la ciencia que se hace hoy ni están actualizados en ella. Y eso es una buena noticia para las universidades nuevas, que suelen tener las ideas más novedosas, las que, no teniendo carga profesional, pueden darse el lujo de explorar”, agrega.

En ese sentido, su interés como revisor es analizar que tan buena es la ciencia que sale de los programas de estudio que buscan ser evaluados. Si forma o no profesionales capaces de adaptarse al cambio continuo. Los jóvenes, dice, “son el futuro, y como el futuro no va a ser igual al presente, uno debe ir adelantado a los tiempos. Si les vamos a enseñar a ser igual que sus modelos, vamos a entrar al futuro mirando por el espejo retrovisor”.

¿Y qué tan buena es esa ciencia hoy, en su opinión? “Muy buena”, comenta, al menos en lo que respecta a la que se produce e imparte a nivel universitario: “en productividad científica per cápita, somos extremadamente buenos. Pocos, pero muy productivos y con investigación de alto impacto”. 

Esa tendencia, añade, sólo se acrecienta si la acotamos a su especialidad, la ecología. “Los principales parámetros de investigación que usa la CNA para evaluar la investigación universitaria son el impacto de la revista y en qué categoría publican sus académicos” nos cuenta. “Bajo esos parámetros, la ecología chilena tiene un índice de impacto equivalente a la ecología hecha en países del primer mundo, como los de la OCDE. Sin embargo, a diferencia de ellos, que en promedio reciben un financiamiento equivalente al 2,5% de su PIB, nosotros tenemos que lograr ese impacto recibiendo sólo el 0.38%. Somos heroicos en ese sentido. Muy productivos para la plata que nos entregan”.

Y el mérito es doble cuando consideramos el estado de la disciplina en Chile hace no más de treinta años. “Si uno vuelve atrás,  se instala en 1980, y aprecia el panorama, el grado de avance es espectacular. Para empezar, por entonces no había ningún doctorado en ecología. Hoy, hay buenos programas de postgrado en casi todo el país. Sería más fácil contar donde no hay que dónde hay”.

Incluso los mismos programas ya muestran, según él, un cierto grado de especialización. “Los programas actuales están adaptados a la realidad local y, más generalmente, regional. Son relevantes a ella, pero al mismo tiempo están hechos con un nivel de ciencia universal. Ese grado de universalidad en un contexto local también es aplicable a la investigación básica y aplicada que se realiza en ecología y otras ciencias ambientales. Hoy, un investigador “puede irse a Maitencillo a estudiar las playas de arena, y a partir del trabajo en una localidad turística, puede hacer un paper digno de (la revista) Science”. “Siempre y cuando”, advierte “tenga una buena idea”.